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Anécdotas

Quiero ser Guardia

(Nueva anécdota)

Una hostia del Copón

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Compañía, el coronel ¡Firmes!

 

 

Como primera anécdota de este libro y, a su vez, primera de las anécdotas que viví una vez ingresado en el cuerpo de la Guardia Civil, he elegido una simpática situación que se dio cuando apenas llevaba unos días con mi anhelado uniforme verde. Una pequeña historia que recuerdo con nostalgia y que tuvo lugar en la conocida y castrense Academia de la Guardia Civil de la bella ciudad de Baeza.

En tan benemérita escuela, por razón de apellido, había recalado en la última de las compañías de la 113A Promoción, siendo el único sevillano de los más de 150 alumnos (entre ellos 30 féminas) que componíamos la 19. Divididos en 12 camaretas (o habitaciones), a 10 guardias por estancia y con un pasillo que las cruzaba hasta acabar en los baños, apenas había trascurrido una semana desde nuestro ingreso cuando ya comenzábamos a conocernos un poco.

Que si uno era famoso porque estaba todo el día contando chistes, muy malos por cierto; otro porque era oriundo de Lepe, con lo que ello conlleva; Fulanito se caracterizaba por estar todo el día cantando canciones de Héroes del Silencio a voces y para todo el respetable; Menganito, por su parte, era un forofo merengue casi enfermizo y estaba todo el día enfrentado con los culés; Zetanito conocido por ser el tío más alto de la academia…, y así un largo etcétera.

Y en este largo «etcétera», englobamos al protagonista de mi primera anécdota. Este chico destacaba por el simple hecho de que, cada vez que se aseaba, salía del baño sin prenda alguna y se dirigía a su camareta por el pasillo enseñando sus vergüenzas al estupefacto gentío. Veinticinco metros por los que el tipo andaba como Dios lo trajo al mundo. Caminaba como si aquello fuera el paraíso y él, Adán. Incluso Adán era menos desvergonzado y tenía la decencia de taparse con una hoja.

Los primeros días era curioso, más aún cuando llevaba en la mano una toalla, que bien podría usarla para cubrirse y no sólo pasearla. Luego, su desnudo caminar se tornó algo normal. Sin embargo, un buen día, mientras hacíamos vida en la compañía, se oyó al guardia alumno de servicio (denominado también cuartelero) gritar: «Compañía, el coronel, ¡firmes!».

Entonces, todo el mundo, estuviera donde estuviera y haciendo lo que fuera, debía permanecer firme hasta que el coronel autorizara al cuartelero. Autorizado, y con otro grito, daba la voz de: «¡Continuad!» y cada uno a sus cosas.

Cabe decir que la visita del jefe de la academia no era algo que ocurriese todos los días. Se oían comentarios como: «¿Qué hace aquí el coronel?» o «¿no jodas que está aquí el coronel?». Y claro, aquello era algo tan raro como la nieve en Sevilla. Por el contrario, lo que no resultaba tan extraño era ver a nuestro querido y nudista compañero pasearse en pelotas por el pasillo después de una ducha. Aquel día se juntaron ambas cosas.

El jefazo, que había entrado en la compañía flanqueado por un teniente coronel y dos de sus comandantes, mientras escuchaba al cuartelero darle novedades, pudo observar que, firme e inmóvil, había un alumno completamente desnudo a escasos centímetros de los oficiales. El resto de alumnos, aunque firmes, no podíamos evitar poner muecas y dejar escapar alguna carcajada ante tal situación, mientras el despelotado compañero, al que el coronel había mirado furtivamente la entrepierna, seguro daba mil duros por un agujero donde meterse.

Por su parte, el coronel, muy buen oficial y persona a la que era fácil admirar por su educación y buen hacer, quitó hierro al asunto y arrancó la carcajada general diciendo: «Bueno, veo que ya estáis adaptados por completo a la academia, algunos, incluso parece que aún están en su propia casa».

Afortunadamente, esta broma sirvió para que todos los que no podíamos seguir aguantando la risa tuviéramos una excusa para poder desahogarnos, mientras nuestro pobre compañero, cabizbajo y muy apurado, pudo continuar hacia su camareta con una mano delante y otra detrás a modo de taparrabos. Desde entonces, ni que decir tiene por qué era conocido este personaje, si es que no lo conocíamos ya.

          Entre risas, recordando anécdotas, charlo con antiguos compañeros de la academia rememorando este hecho. Es significativo como, a partir de ese día, había que llevar un albornoz cada vez que saliéramos de las duchas. Dicen que esta medida la pusieron para que las mujeres de la limpieza no se encontraran a nadie desnudo danzando por la compañía. Pienso más bien que esta orden se dio para que nunca más el coronel de la academia y otros oficiales se encontraran de frente a nuestro querido compañero, el por entonces ya apodado como «el Campana».

 

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